Rosquillas de Anís

Rosquillas de anís

Las rosquillas caseras tradicionales son una de esas recetas que huelen a hogar y a cocina de siempre. Se preparan con ingredientes sencillos, de los que solemos tener en casa, y no requieren técnicas complicadas ni largos amasados. Su aroma a anís mientras se fríen es inconfundible y basta para transportarnos a recuerdos de infancia, meriendas familiares y recetas heredadas.

Estas rosquillas quedan doradas por fuera, tiernas por dentro y con ese toque final irresistible del azúcar y la canela. Además, gracias a un truco muy sencillo a la hora de darles forma, todas quedan similares y con una presentación bonita, perfecta tanto para disfrutar en casa como para regalar. Son ideales para acompañar un café, un chocolate caliente o para tener siempre a mano en un tarro hermético.

¿Sabías que…?

Las rosquillas son uno de los dulces más antiguos de la repostería tradicional y existen multitud de versiones según la zona y la época. El truco de formar primero una bolita y hacer el agujero con el dedo es una técnica clásica que se ha transmitido de generación en generación, ya que permite que las rosquillas se frían de manera uniforme y mantengan su forma durante la cocción.

Beneficios nutricionales

Aunque se trata de un dulce tradicional, estas rosquillas aportan energía gracias a los hidratos de carbono de la harina y el azúcar.
Los huevos contribuyen con proteínas de buena calidad, mientras que la mantequilla aporta grasas que ayudan a dar sabor y textura.
El anís, además de aroma, es conocido por sus propiedades digestivas, lo que hace que estas rosquillas resulten algo más ligeras tras las comidas. Consumidas con moderación, son un capricho perfecto dentro de una alimentación equilibrada.


Ingredientes

  • 350 g de harina de trigo
  • 4 g de levadura química
  • 120 g de azúcar
  • 1 pizca de sal
  • 2 huevos batidos
  • 10 g de anís
  • 100 g de mantequilla a temperatura ambiente
  • Aceite de girasol para freír

Para rebozar:

  • Azúcar
  • Canela en polvo

Elaboración

  1. En primer lugar, colocamos en un bol amplio todos los ingredientes secos: la harina, la levadura química, el azúcar y la pizca de sal. Mezclamos bien con un tenedor o varillas para que queden perfectamente integrados.
  2. A continuación añadimos los ingredientes húmedos: los huevos previamente batidos, el anís y la mantequilla, que debe estar a temperatura ambiente para facilitar su integración. Mezclamos primero con una lengua repostera y, cuando la masa empiece a compactarse, continuamos con las manos hasta obtener una masa homogénea.
  3. Pasamos la masa a la encimera y la trabajamos ligeramente hasta formar una bola lisa, suave y manejable. Es una masa muy agradecida y fácil de trabajar. La dejamos reposar entre 10 y 20 minutos a temperatura ambiente, cubierta con un paño o simplemente sobre la encimera, para que se relaje.
  4. Después del reposo, vamos tomando pequeñas porciones de masa. Formamos una bolita del tamaño que más nos guste; en mi caso, prefiero que sean más bien pequeñas. Para darles forma, introducimos el dedo en el centro de la bolita y la atravesamos, formando la rosquilla. Este sencillo gesto ayuda a que todas queden similares y con una forma regular.
  5. Cuando tengamos todas las rosquillas ya formadas, calentamos abundante aceite de girasol en una sartén. Cuando el aceite esté caliente, pero sin humear, freímos las rosquillas en tandas, dándoles la vuelta para que se doren de manera uniforme por ambos lados.
  6. Las sacamos y las colocamos sobre papel absorbente para eliminar el exceso de aceite. Aún calientes, las rebozamos en una mezcla de azúcar y canela, asegurándonos de que queden bien cubiertas. Una vez frías, las guardamos en un tarro hermético.

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